Con un celular en la mano, una buena conexión a Internet y más fuentes informativas, un ciudadano está mejor preparado para las sacudidas que le toca vivir. En la historia reciente de los usos sociales de la tecnología, por lo general las referencias son foráneas. Se habla, entre los antecedentes de la web social, de los warblogs nacidos después del 11 de septiembre. Numerosas experiencias de Política 2.0 relatan cómo los españoles transformaron las elecciones de 2004 desde los SMS para desmentir la versión del gobierno de Aznar sobre el atentado de Atocha. Asimismo, fuimos testigos de los relatos de la Primavera Árabe aún inconclusa. Humildemente, Venezuela también tiene su cuento y cumplió una década recientemente. El Golpe de Estado de 2002, incompleto, lleno de deudas y maniqueo, representa un capital simbólico enorme para la conformación de nuestra sociedad interconectada. Si cada grupo político tiene sus logros, vergüenzas y facturas abiertas por esos días, es necesario integrar a la reconstrucción de los hechos lo que significó para los venezolanos de todos los sectores vivir un episodio crítico de desinformación como aquel.
Al respecto tomemos algunos apuntes:
El rompimiento del pacto de credibilidad
Un elemento común de muchas movilizaciones ciudadanas, que incluyen un salto tecnológico, es la sensación de trauma. Cuando se vive un episodio traumático colectivo, se dispara inmediatamente una necesidad de reagrupación y comunicación entre pares de forma inmediata. Es la sensación de quienes participaron en una marcha y fueron emboscados, quienes rodearon Miraflores y fueron atacados y quienes pasaron un día o dos preguntándose “qué está pasando aquí”.
En ese momento los medios de comunicación tradicionales no respondieron a la altura de la catástrofe. Innumerables veces se les ha endilgado parte de la responsabilidad por lo sucedido, tanto en la parcialidad para construir el relato como para incidir en las acciones del colectivo. De ese trauma se generó una fractura de credibilidad que luego los medios y el gremio periodístico han tenido que retejer en una década. Sin embargo nunca será igual. El ciudadano entendió que los medios de comunicación no son suficientes para saber qué ocurre: más bien se ensambla con retazos y versiones. Se completa en red. Por eso Venezuela, a pesar de tener tan mala conectividad, tiene una ciudadanía tan activa en medios digitales y mensajería de texto.
La pequeñez de los medios electrónicos
En 2002 no contábamos con plataformas de generación de contenidos tan desarrolladas. Tampoco había teléfonos celulares con conexión a Internet ni muchas de las cosas que hoy se han vuelto cotidianas. Son ya tan comunes que el diputado Aristóbulo Istúriz dijo que hace dos lustros se mandaban tweets para incitar el golpe de Estado, desconociendo que Twitter apenas existe desde 2006 y naturalizando su existencia a un “desde siempre”.
En 2002 apenas entre el 4 y 5% de la población tenía acceso a Internet. Un usuario muy activo pasaba conectado, en promedio, 25 horas al mes. Eran los años de conexión dial-up, módem con ruidos y teléfono de casa ocupado mientras se navegaba.
El chavismo no tenía un portal como Aporrea (que nació un mes después), sino apenas algo como antiescualidos.com. La oposición no tenía un foro como Noticiero Digital, que años después marcaría la agenda de la información política en línea. En esos años había listas de correos, páginas estáticas, y eran los medios extranjeros como RCN de Colombia los que tenían una actualización decente de su portal de noticias. Sin embargo, en esa pequeñez, un grupo de personas pudo comunicarse esos días, probar las posibilidades del micro poder ciudadano y entender la autonomía comunicacional de las audiencias.
La fragilidad de las telecomunicaciones
También hace una década descubrimos que ni siquiera tener televisión satelital bastaba porque canales como CNN y RCN salieron de la grilla de programación durante horas. Mucha gente en las marchas y concentraciones relata que sus teléfonos celulares quedaron sin señal durante los momentos más álgidos, quizás por sobresaturación en las celdas de telefonía. También había una efusión de envíos de SMS, aunque en las peores horas la red quedase colapsada. La situación se repitió el 12 y 13 de abril. Pensemos que también se caían el día de la madre y en navidad por la alta demanda, pero fue una advertencia de la necesidad de tener servicios más robustos.
Por supuesto que esto no pasó desapercibido para el oficialismo en 2007, cuando su propuesta de reforma constitucional retrocedía en el derecho a la comunicación en momentos de emergencia. Siempre es tentador bajarle la cuchilla a las telecomunicaciones si las cosas se ponen difíciles.
La crítica de la hegemonía
Esa misma tensión entre medios públicos y privados brindó una lección hace una década. La crisis desinformativa de abril 2002 dejó como saldo no sólo una desconfianza hacia los medios, sino también hacia el monopolio informativo. Lo que en esos años construyeron los medios privados es lo mismo que el Gobierno luego anunció como hegemonía comunicacional y no ha parado de construirla. Un sistema de comunicación y propaganda que busca imponer versiones de la realidad, generar silencios informativos sobre temas incómodos para el poder central y poder para desmovilizar la agenda de exigencias sociales y políticas de quienes se suman al desacuerdo.
El boomerang de abril se devuelve cuando cualquier poder intenta aplicar nuevamente las recetas a pesar de que la ciudadanía ya aprendió la lección.
9/05/2012